Espejo color piel

Esta es la historia, la pequeña historia, de ella.
Ella, no es cualquier persona. Ella, es de esas almas vagabundas que transitan con un rumbo bien marcado, fuerte, casi diría convincente, pero que no tienen clara la dirección, van, van con rumbo pero sin dirección.
Un barco, un bote, una balsa. Todo eso.
Ella nació hace unos meses, entre el pasto y la arena de una despedida gregoriana. Muchos se preguntaran como es una despedida gregoriana. Nada del otro mundo, comunión, algo de beber y algo de comer. Después, nada. No existe el después. Todo es ahora para ella. Disfruta, baila, corre, salta y habla. Habla mirando la última publicidad del último jabón, del último actor de telenovela codiciado. Ese no soy Yo.
Yo soy eso que ella pretende ser, un fiel y anonadado espectador. Tejedor de palabras y situaciones y flores y más flores, de idas y vueltas.
No se por que les vengo con toda esta historia, si la idea es contar la pequeña historia de ella.

Nació ahí, en los pies del mar, entre el pasto y la arena. Creo que fue una noche de diciembre de algún año del segundo milenio. ¿No es así?, ¿No te acordás?
Apareció con su traje de seguridad, lo cual a mi me hizo dudar. En realidad nunca dudo, pero creo que esa fue la única vez. ¿Esto es ella? Sí, respondieron mis sentidos cuando después de apoyar el primer cigarro en mi boca, todo fue diferente. No era la primera vez, claro esta, pero si era la primera con ella. No creo que sea la última, no vale la pena pensar en eso, en este momento.
¿Esto es ella? Mira vos, me dije, mientras le decía que me estaba sorprendiendo. Tan elegante tan refinada, tan ella que mis preconceptos (gran error de la naturaleza psicológica humana) se derrumbaron, como cuando estuve hace muchos años, construyendo un gran castillo de arena, arena húmeda difícil de demoler, pero arena al fin. Ella apareció entre la arena, vestida de blanco, blanco nube, como esas que se aproximan, pero que no se ven, solo se huelen, como se huele el olor a mar los días después de las tormentas. Había nubes y estaba ella, sonriente, con los ojos cambiantes según la humedad de la playa. Preocupada por su peinado y la arena, ese granito de arena entre el dedo gordo y el otro (que nunca se como se lo llama), preocupada porque su perfección se veía amenazada por la aparición de un grano de arena. Preocupada pensé yo, porque ella solo atino a intentar sacárselo, pero frente al contraataque de más granitos de arena, decidió inteligentemente aliarse al enemigo y convertirlo en una virtud, en un toque más de su elegancia. La señorita de blanco con sus granitos de arena. Y así iba ella ahora, luciendo sus ojos, su peinado, sus uñas pintadas y sus granitos de arena.

El viaje fue imperceptible, la noche anterior había vuelto tarde a casa (en realidad no recuerdo si volví a casa o estaba ahí) y apenas ingrese al barco que me transportaría kilómetros mas allá de los recuerdos, caí en un sueño profundo, acechado por perfumes, confites, y palabras incomprensibles. La miraba, las miraba y no entendía muy bien quienes eran, que hacían conmigo. Yo simplemente dormía, ella simplemente miraba y parecía verse en sus ojos un jugueteo constante, entretenida con tanta información subjetiva que decoraba el ambiente. Mi próximo recuerdo fue en el micro, duro apenas un instante, porque inmediatamente estaba caminando por las calles mojadas de la ciudad que me había invitado meses atrás a la ilusión. Ahora creo que entiendo o entendí que hacia ahí con ellas. Ellas no son Ella. Son las dos. Sin una la otra no existe, y sin la otra, seria imposible ver la foto en este momento de lo que fue la llegada.
Desperté con la mochila al hombro, los pies mojados y la barba húmeda. Una calle en pendiente (en bajada) nos dio la bienvenida y ahí estaba el cartel, esperando. Años atrás algún empleado municipal, habría lanzado al aire, palabras difícil de digerir por ella, en el momento exacto de intentar colocar la escalera para colgar el cartel. No creo en las casualidades, no se como explicarlo. Creo que las cosas pasan y son consecuencia de lo que uno quiere. Ella, tan ella, con tanta energía, había logrado imperceptiblemente, que nosotros caminemos por esa calle durante horas, con los pies mojados, los ojos sellados y la mochila al hombro, mientras ella lo hacia, quejándose con una sonrisa, con sus zapatos de charol brillantes y su valija con rueditas, al estilo europeo.
La ciudad, claro esta, no era europea.
Una calle en bajada, un cartel, un nombre y ella posando. Su nombre y ellas divirtiéndose con las fotos.
La lluvia nos separo por un día. Nuevamente un viaje de horas nos esperaba en coches y lugares separados, tal vez por la distancia, tal vez por las ideas.
La arena, se hacia sentir y el olor a nube era cada vez mas fuerte.
La llegada fue hermosa, el olor al recuerdo y a la foto, hicieron que lo tome así.
Me costo llegar a la casa, la lluvia no solo impedía ver que pasaba a centímetros sino que empañaba los pasos y los sentidos.
Lo único que pensaba era que sucedería cuando ella lleguase. Con su estilo europeo y su valija con ruedas, sus uñas pintadas y sus ojos jugando constantemente, entretenida con tanta información objetiva que brindaba el ambiente.
Y así fue, después de una noche a la luz de la fugacidad y acompañado de estrellas de vela, casi sin percibirlo, llego. Llegaron. Un desencuentro hizo que pueda percibir las marcas de las ruedas en el barro, las marcas en el pasto. Esperaba abajo de un techo que no existía, con un espejo color piel en la mano, jugando con una hormiga y con ella.
Pasaron los días, y yo, inconcientemente tratando de entenderla, dentro de mis prejuicios. Ella haciéndonos notar las pequeñas sutilezas a las cuales no estamos del todo abiertos, aptos diría, a percibir.
La playa nos encontró. Una charla que duro eternamente hasta que el calor y la búsqueda de sentirse despierto, como cuando uno se pellizca para notar que esta vivo, que el sueño, no es solo eso sino parte de la realidad, de la arena y del agua, del viento y esos chicos que no paran de nadar.
Ella tan clara, concreta.
Con cada palabra, sentía que me sacaba los últimos harapos (porque a esa altura no me quedaba nada decente), que me desataba los nudos y los volvía a atar en el aire, mostrándome lo transparente que es uno, que no solo es el mar, que no solo es el aire. Se reía y me miraba fijo. Fue la primera vez que no pude mirar a alguien a los ojos y menos a ella. Porque recuerden, que ella no es alguien, es ella o son ellas. Todavía no lo se (¿algún día me daré cuenta?). Yo no me quede atrás, no suelo quedarme atrás, me gusta ir a la par, acompañar, y también la desnude. Me di cuenta de cada palabra y de cada granito de arena, de la complejidad de los pensamientos y de la frivolidad de sus actos. Ella muestra las sutilezas, las hace notar, juega con cada palabra y cada gesto.
Ella nació en la playa, entre la arena y el pasto. Y yo soy eso que ella desea ser, un fiel espectador.
La vuelta no fue fácil, atrás (¿no era que no te gustaba quedar atrás?) quedaron los granitos de arena y las marcas de las pisadas y de las manos apoyadas.
Desperté en mi cama, después de un día de viaje bajo el sol. A mi lado un espejo color piel, unos granos de arena y un olor a nube, a mar, de esos que aparecen varios días después de las tormentas. Desperté desnudo, con la cama mojada y una lluvia constante. Desperté y salí a caminar. Ella no estaba. No iba a estar. Pero algo estaba claro, yo quería ser ese que fui, ese que ella desnudo y desato los nudos y los volvió a atar en el aire. Ella tal vez no sea solo ella. Me saque los harapos, agarre el espejo color piel, los granos de arena, me subí a la nube y deje que todo el peso se diluya en gotas, en lluvia, en luces fugaces y estrellas de velas.



1 huellas de curiosos:

La Colo dijo...

me da mucha intriga el olor a nube, trato de imaginarlo y no puedo

 
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