Un dia (im)perfecto - segunda parte -
Y así empieza el domingo.
Entonces a la mesa a almorzar, yo me siento acá, vos allá y vos quedate ahí, así te puedo ver.
La panera, los platos, el sifón, una botella de vino y el queso rallado.
Y de repente, todo se paraliza, el tiempo se congela y los movimientos son lentos, inútiles, un estruendo interrumpe la charla y una nube en forma de hongo llena la cocina.
Se destapó la olla.
Todo se transforma en alegría, el perro salta queriendo quedarse con una porción de vapor. La charla vuelve a su normalidad. Que rico, ¿los hiciste vos? Y claro, si, servime. Entonces un poco de queso, un vaso de vino, ¡salud!
Las migas a esta altura le saltan de la boca queriendo ocupar mi atención, le robo un poco de su plato, me mira, se ríe, otro beso lleno de migas con gusto a vino. ¡Vieja chota! Chota porque nadie me la toca. Y de vuelta la alegría, la risa descontrolada, el perro que salta, me mira, tomá un poco. Todo muy rico, servime otro vaso, hasta ahí, basta, y después esperar, charlar un rato e intentar resumir la semana en un café.
La vuelta es somnífera. En la calle hay poca gente y el colectivo se hace esperar. En estos momentos es donde todo se mezcla un poco y Laura y su vereda desaparecen, la chica del viaje anterior ya no forma parte de mis recuerdos, y entonces, descubro una casa, en la casa una ventana, una cortina y detrás, un nene corriendo con un muñeco en la mano, se tropieza, se cae, y llora. Aparece el colectivo. Sí, buenas tardes, hasta parque Lezama, muchas gracias. Y el momento de decidir donde me siento. Porque quizá te tengas que levantar antes de tiempo para darle el asiento a esa señora que en el preciso instante en que sube al colectivo uno puede ver como histriónicamente envejece diez años y ya no puede sostenerse, entonces, claro señora siéntese, no hay problema. Por eso ahí no, mejor atrás, pero no en el fondo, el ruido del motor no te deja leer.
Y tocar el timbre, saludar, bajar la escalera y pisar el cordón y automáticamente proponerse llegar a la esquina caminando por el cordón, como si fuese una cuerda floja y yo un malabarista. Llegar ileso, triunfante, escuchar los aplausos y los nervios por el próximo desafío. Entonces todo se detiene, concentrarse, cerrar los ojos y dar el primer salto, pisar la senda peatonal, dar en el blanco, y saltar a la otra y a la otra y a la otra y a la otra y cada vez es más difícil, pero lo puedo hacer, sé que puedo. Pisar el cordón y se me afloja el cuerpo, de nuevo los aplausos, levantar la cabeza y ver que en la mesa del bar de la esquina, hay un hombre con un sombrero y anteojos que me mira sorprendido, lo miro, me mira, lo miro, me mira, me guiña un ojo y sonrío.
El parque esta hermoso, porque no todos los días es así, la feria, las familias y ahí está Miguel con su hijo, ¿cómo andas? Que lindo día, si me voy a tirar un rato, claro, dale, después nos vemos, y el verde no es marrón, es verde, pero el pasto esta frío y no me importa. Abro el libro, tengo la pagina marcada con la hoja de un árbol y empiezo a leer y me rindo, me dejo llevar, me olvido del pasto frío, de laura, de la chica del colectivo, de la vieja, del nene y su muñeco, y entonces ahí, recién ahí, me doy cuenta que estoy dormido.
3 huellas de curiosos:
La vida es juego, una gran rayuela.
Hermoso.
♪
Decime lo que pensas de aquel personaje en :
¿Que pensás de...?
Dale no te lo pierdas!
hola tejedor!!
Hacía mucho que no pasaba por acá, y cuando llegué me encontré con un montón de cosas nuevas...
Me encantan las cosas que escribís, asique voy a tener que venir mas seguidito.
Me encantó!!
Beso
Marian
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