Un dia (im)perfecto - terecera parte -



El tiempo toma otra dimensión y no hay reloj pulsera, de arena, de sol que lo racionalice. El sol no me deja ver bien. Estoy en la calle, en una calle, y puedo reconocer el edificio de la esquina de mi casa y también puedo reconocer la arena color marfil sobre la que estoy parado. Es la misma arena que me trajo una amiga, en una bolsita de celofán roja, que a su vez es la misma que yo pise durante tantos años. Tengo treinta años, cinco menos que ahora, y al lado mío hay un nene de unos cuatro, rubio, en cuero y me grita y me agarra de la mano, papá, papá vamos al agua que se hace tarde y se va el pececito. Yo tenía un pececito, cuando tenia cuatro años, lo había rescatado de las manos salvajes de mi abuelo, cuando en un verano de esos de sombrilla y multitud, había ido a pescar para comer a la noche. Tengo hambre y el nene me sigue gritando. Ahí aparece el hijo de Miguel, pero no es el hijo, es mi sobrino. Y nos vamos los tres caminando hasta la orilla, me saco los zapatos, el traje y sin pensarlo me pongo a nadar y sigo nadando y sigo nadando y la costa se ve cada vez mas chica, no hay nadie, no hay nenes, ni sombrillas, ni pececitos, ni edificios, solo árboles y yo todo mojado, empapado de agua salada, marrón y me doy cuenta que estoy en el río, y ahí esta Damian con su lancha de madera lustrada que me grita, salí de ahí, salí de ahí, y tiro un manotazo pero no puedo salir, algo pesado me impide cualquier tipo de movimiento y siento que algo me roza la cara, algo espeso y me hundo y trato de gritar, me desespero, no veo nada, se me cierra el pecho, no puedo respirar, no puedo, no puedo.

Abro los ojos y algo me mira fijo. Escuho el grito de una voz dulce transformada en terror, salí de ahí, salí de ahí, salgo de una salto de la posición horizontal y lo veo, ahora mas definido, babeando, negro, con los ojos rojos, y un jadeo lleno de saliva espesa, me toco la cara y la tengo toda mojada, empapada de un liquido de consistencia viscosa y sus ojos me miran fijamente.

- Salí de ahí, te dije. Disculpame pero no quería molestarte, todavía es cachorro, ¿estas bien?.

Y claro, no vale la pena explicarle a esa voz dulce transformada ahora en caricia, la inevitable asociación de su perro con mi sueño.

-No te preocupes, no es nada, ¿tenés hora? Me quede dormido.

- Si, a ver espera, no uso reloj, pero creo que el teléfono tiene….son las 19:43hs.

- Ah, y….es domingo, ¿no?

- ¿Estas bien?

- Si, si, un poco dormido. ¿Cómo se llama?

- Él, Casimiro, yo Lucrecia.

Lucrecia, que nombre de planta exótica del gran buenos aires, que lindos rulos tiene, ¿todas las Lucrecias tendrán rulos? Los rulos son como resortes, siempre pienso que las personas con rulos tienen suerte porque las ideas no se le caen de la cabeza y se pierden, rebotan y vuelven.

- Lindo nombre Lucrecia, pero no puedo decir lo mismo de tu perro. ¿me ayudas?

- Claro, ¿estas bien? ¿seguro?

- Si, ya te dije, sólo un poco dormido, estaba soñando.

- Que suerte la tuya de poder dormirte en el parque y soñar, a mi me cuesta dormir directamente.

- A mi no, claramente. ¿sos del barrio?

- Sí, me mudé hace poco, vivo acá enfrente.

- Ah

- ¿vos?

- ¿Qué?

- Si vos sos del barrio también.

- Si, vivo frente al mercado, ¿conoces? Pero me parece que voy a venir mas seguido acá a dormir la siesta, encontré una forma muy poco sutil de despertarme, pero me gustó.

- Perdón, no quería molestarte, es que me quede mirándote y ahí nomás salio este corriendo y ……

- Y me despertó, por suerte.

Y así siguió la charla, durante unos largos y fríos minutos, yo dormido, ella y sus rulos estáticos. Y claro, que el mercado, que los precios, y así no se puede vivir, y con quien vivís, y de que vivís, y claro, yo disfruto la vida, y si, yo también y bueno, entonces tengo frío, vamos a tomar un café, no tomo café sólo te, bueno entonces un te o cualquier cosa caliente.

Y ahora caminamos y ya no juego con la vereda, ahora me detengo en cada una de las ramitas y pedazos de pasto que decoran mi abrigo y llego al bar y ella fue a dejar a Casimiro, ahí viene. El hombre de sombrero y anteojos no esta, y no hay nadie que me guiñe un ojo. Solo Lucrecia y sus rulos, y yo, y el recuerdo del sueño. Pero algo me molesta, hay algo que me hace dudar de todo, entonces me miro la mano, el tiempo vuelve a pararse y no hay reloj alguno. Los ojos se me abren sorprendidos y en la punta del dedo índice, asoma casi imperceptiblemente un pequeño granito de arena color marfil.

9 huellas de curiosos:

La otra parte de mí dijo...

..con esta tercera parte ud.está llegando a la perfección..

Mery dijo...

Hola Tejedor..
no se porqué, pero siento mucha nostalgia en todas las cosas que escribís... talvez sea mi estado de ánimo...
Me encantó!!
Beso!!
Marian

Ahh!! gracias por el consejo..

♪ Aldeana dijo...

A veces no importa el tiempo, es mejor perderse en un reloj de arena color marfil, dormirse, y traerse un poco de ese sueño a este lado de los sueños... ni real ni despierto, una dimensión paralela solamente.

Milvecesdebo dijo...

Tejedor: un placer esta lectura.
Tengo cerca una Lucrecia y tiene rulos! me causó gracia.
Mil cariños

Almendra dijo...

Se viene un nuevo Trocamundos...

dijo...

Ey! compañero, en qué anda??

maria dijo...

Sos muy capo escribiendo... Impresionante! Un placer, un placer... No tengo palabras para ponderarte correctamente.
Besos!

(eh, yo tengo rulos... nunca había pensado eso de que las ideas no se me caen del zapallo! Y tengo tantas de las que me querría desprender! ¿como hago? :PP)

Diego de la Fuente dijo...

Sos un capo loco!

Un dia deberiamos conocernos...

ddlf

Lucrecia! dijo...

Soy lucrecia y tengo rulos!!! porque tejedor?? es tu apellido??
besos, muy buenas las historias

 
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